miércoles, 30 de abril de 2008

La aparición de la luna

Hace varios años, en Brasil, había una tribu llamada Tarím, a la que pertenecía una bella india llamada Luna, que amaba mucho a los animales. Paseaba todos los días por los bosques, y cada vez que encontraba a uno de estos, los alimentaba con una canasta llena de comida.

Cierto día, Karkú el cacique de la tribu Rácum, vió a Luna y se enamoró perdidamente. Decidió perseguirla todos los días.

Un día, Luna se dió cuenta que la seguían, y fue a ver quien era. Al encontrarce con Karkú, se asustó y salió corriendo. Ella entró en un bosque, y él la persiguió. La jóven decidió detenerse y preguntarle por qué la perseguía. Él le respondió que la amaba, y ella viéndolo a los ojos se enamoró.

Ellos tenían un amor prohibido, si el padre de Luna se enteraba los mataría, y así sucedió, su padre se enteró, y decidió matar a Karkú. Por esto, Luna se metió en el medio, y el padre vió el amor que le tenía Luna a Karkú, y los perdonó.

Karkú y Luna, iban al bosque a alimentar a los animales y jugaban a perseguirse. Luna corrió lo más rápido que pudo y sintió un enorme dolor en el pie, una serpiente la mordió, cayó al suelo. Karkú, al ver esto, fue corriendo a auxiliarla, y le dijo lo mucho que la amaba. Así fue como Luna murió; y se dice que todas las noches, para demostrarle su amor a Karkú, se ve una esfera brillante llamada "Luna".
Fin.
Esta historia fue hecha por mi y una amiga... Espero que les haya gustado!!

martes, 1 de abril de 2008

Dánae y Perseo V

Perseo corrió a liberar a su madre y a Dictis, su fiel protector. Salvados del tirano , los habitantes de la isla de Sérifos quisieron que Perseo reinara en su lugar.
-No- les respondió-. El único trono legítimo que tengo el derecho de reivindicar es el de Argos, mi patria. Allí regresaré.
El rumor de las hazañas del hijo de Dánae había llegado hasta Acrisio: ¡entonces su hija y su nieto habían sobrevivido! Para escapar de la profecía, Acrisio huyó y se exilió en la ciudad de Larisa; le importaba menos su trono que su vida.
Fue entonces cuando Perseo llegó a Argos y, en ausencia de su abuelo, reinó. Una noche, se le apareció Atenea. El héroe se inclinó ante la diosa; le devolvió su escudo y la bolsa.
-Contiene la cabeza de Medusa. ¿Quién mejor que tú podría usarla, ya que eres a la vez la diosa de la guerra y de la sabiduría?
-Acepto tu regalo, Perseo, y te lo agradezco.
Atenea tomó la cabellera de serpientes y la aplicó sobre el escudo que había permitido engañar a la gorgona.
Desde entonces, la cabeza de Medusa adorna el escudo de Atenea.
Mientras tanto, en Larisa, el rey de la ciudad acababa de organizar juegos. Aún en el exilio, Acrisio, el padre de Dánae, concurrió a las arenas para asistir a ellos. Se sentó en la primera fila. Enseguida se sintió intrigado por un joven atleta que, antes de lanzar un disco, quería a toda costa retroceder hasta el fondo del estadio.
-¿Qué teme?- preguntó Acrisio encogiéndose de hombros.
-Teme lanzar el disco demasiado lejos- le explicó su vecino- , y lastimar así a algún espectador.
Acrisio sonrió ante la pretensión del atleta.
-¿Quién es para creerse tan fuerte?
-Es el nieto del antiguo rey de Argos. Su nombre es Perseo.
Con sorpresa y espanto, Acrisio se levantó de su grada. Pero allá, en el otro extremo del estadio, el atleta acababa de lanzar el disco... El proyectil voló hasta las primeras filas; se abatió sobre la cabeza de Acrisio, que cayó muerto instantáneamente.
Así el héroe Perseo mató a su abuelo, por accidente.
Sin consuelo por el acto, fue reconfortado por Dánae.
-Hijo mío- afirmó-, tú no eres responsable. Nadie escapa a su destino. El tuyo es glorioso. ¿Y quién sabe su tus hijos no realizarán hazañas aún más espectaculares que las tuyas?
Dánae no se equivocaba: con su esposa, la bella Andrómeda, Perseo habría de tener una numerosa descendencia. Una de sus nietas, Aclmena, sería incluso, como Dánae, amante de Zeus. Y de esa unión de una mortal y un dios habría de nacer entonces el mayor y más célebre de los héroes: Hércules. (Es el nombre latino de Heacles. Lo empleamos aquí porque es el más popular) .
FIN

domingo, 16 de marzo de 2008

Dánae y Perseo IV

En cuanto se quitó el casco, las hermanas de Medusa comprendieron que habían sido engañadas. Salieron de la caverna y se lanzaron en su búsqueda. Perseo estaba listo para hechar vuelo con sus sandalias cuando Pegaso, a su vez, salió de la gruta relinchando.
De un salto, el héroe subió al caballo alado que voló por los aires. Con el rostro azotado por el viento, Perseo estaba radiante de felicidad, ¡había vencido a Medusa y estaba montando el más fabuloso de los caballos! De la bolsa que llevaba en la mano, se escapaban numerosas gotas de sangre. Cada una de ellas, al caer al suelo, se transformaban en serpientes. Esta es la razón por la cual hoy hay tantas serpientes en el desierto.
A la noche siguiente, Hermes se le apareció a Perseo. El héroe agradeció al dios por sus consejos y por su ayuda; le devolvió la hoz y le pidió que restituyera a las tres grayas el casco de Hades y las sandalias aladas; pero por supuesto se guardó la bolsa con lo que contenía...
Una noche, en el camino de regreso y mientras atravesaba una región árida y escarparada, Perseo decidió hacer un alto. Poco después, llegó un gigante. Esta vez se trataba de un coloso tan grande como un volcán, y mantenía curiosamente los brazos alzados.
-¿Qué haces aquí, extranjero?- gruñó-. ¿Sabes que estás muy cerca del jardín de Hespérides? ¡Rápido, vete!
-¡Estoy agotado!- explicó Perseo-. Déjame dormir aquí esta noche.
-De ninguna manera. ¡Mi trabajo no soporta la presencia de nadie!
Perseo no comprendía. Quiso defenderse.
-¿Cómo, te atreves a insistir?- refunfuñó el gigante adelantando un pie amenazador-. ¡Pequeña larva, haré de ti un bocado!
Entonces, el héroe sacó de la bolsa la cabeza de la gorgona cuyo poder, lo sabía, seguía intacto. ¡Se la extendió al gigante que quedó... pasmado! En un segundo, su cuerpo se había transformado en una montaña de piedra. Perseo exclamó:
-¡Era Atlante! ¡He petrificado al que cargaba al cielo sobre sus hombros!
Desde ese día, el gigante se vio liberado de su carga. Y el peso del cielo es soportado por la montaña que lleva su nombre.
Cuando Perseo llegó a la isla de Sérifos, corrió hasta el palacio a presentarse ante el rey Polidectes. Al ver a su madre, se preocupó. El soberano, furioso le lanzó:
-Dánae se escapó! Se niega a casarse conmigo. Se ha refugiado en un templo con mi hermano Dictis, el pescador. Espera la protección de los dioses. Estoy sitiando su guardia, no aguantarán mucho tiempo más. Y tú, ¿De dónde vienes?
-Señor- respondió Perseo-, he cumplido con lo que usted me pidió: le traigo la cabeza de Medusa.
Incrédulo, Polidectes estalló en malvadas carcajadas.
-¡Cómo! ¿Y entra en esa pequeña bolsa? ¿Pretendes haber matado a la gorgona? ¿Cómo te atreves a burlarte así de mi?
-Esta bolsa es mágica- dijo Perseo, que disimulaba mal su cólera-. Crece y se achica en función de lo que se mete adentro.
-¿La cabeza de Medusa allí adentro?- se burló el rey-. ¡Me gustaría ver eso!
-A sus ordenes, señor: hela aquí.
El héroe tomó la cabeza de Medusa y la blandió frente a Polidectes. El rey no tuvo tiempo de responder ni de asombrarse: se transformó en piedra en su torno. Y cuando los soldados y los cortesanos reunidos iban a arrojarse sobre él, Perseo les extendió la cabeza de la gorgona, ¡al punto que quedaron todos petrificados en ese mismo instante!

domingo, 9 de marzo de 2008

Dánae y Perseo III

Perseo se deshizo en agradecimientos. Se puso las sandalias y se echó a volar con una torpeza que hizo sonreír a Hermes. El dios de los voladores le hizo una seña:
-Nos sacudas los pies tan rápidamente... El vuelo es una cuestión de entretenimiento... ¡Aprenderás enseguida!
Perseo, lleno de alegría, se dirigió hacia el poniente: ¡gracias a los dioses que velaban por él, ya no dudaba de que vencería a Medusa!
Atravesando bosques y ríos, se encontró con las ninfas, jóvenes divinidades de las florestas y las aguas. Encantadas por el coraje y el andar de ese joven héroe, le indicaron la guarida de las Gorgonas.
Cuando Perseo llegó al medio de un desierto y descubrió la entrada de la caverna, tembló de terror: alrededor no había más que estatuas de piedra. Allí estaban todos los que habían enfrentado a las Gorgonas y que habían sido petrificados por su mirada. Hasta aquí, Perseo no había medido la dificultad de su tarea: ¿ Cómo decapitar a Medusa sin dirigir su mirada hacia ella?
Sin embargo, se arriesgó en el antro oscuro, revoloteando. Penetró en el corazón de la caverna donde resonaban ronquidos. Luego vio un nudo de serpientes que se contorsionaban levantando hacia él sus cabezas que silbaban. Enseguida desvió la mirada y le murmuró, con el corazón palpitante:
-Las Gorgonas están adormecidas... ¡Los reptiles que tienen por cabellera van a revelarles mi presencia! No puedo de ningún modo matar a Medusa con los ojos cerrados. ¡Ah! Atenea- suspiró-, diosa de la inteligencia, ven en mi ayuda, ¡inspírame!
Una luz iluminó la gruta... y apareció Atenea, vestida con su coraza, y armada. Su mirada era bondad.
-Estoy conmovida por tu valor, Perseo. Toma, te confío mi escudo. ¡Enfrenta a Medusa sirviéndote de su reflejo!
Perseo se dió vuelta y comprendió de inmediato. Ahora, podía avanzar hacia los tres monstruos: extendía delante de sus ojos un escudo de la diosa, ¡tan liso y pulido como un espejo!
Las tres Gorgonas ya se agitaban en su sueño. Con su cuerpo recubierto de escamas y sus largos colmillos puntiagudos que erizaban sus fauces, eran en verdad horribles. Perseo ubicó rápidamente a Medusa, en el centro: era la más joven y la más venenosa de las tres. Retrocediendo siempre y guiándose por el reflejo del escudo, llegó hasta las Gorgonas en el momento en que esta se despertaba. ¡Entonces, dando media vuelta, blandió la hoz que le había prestado Hermes y la decapitó! La enorme cabeza comenzó a moverse y a saltar por el suelo. Durante un instante, Perseo no supo qué hacer. Luego tomó la alforja que le habían dado las grayas.
-Ay, ¡es demaciado pequeña! No importa, probemos...
Conteniendo su repugnancia, recogió la cabeza. Milagrosamente, la bolsa se agrandó lo suficiente como para que Perseo pudiera guardar en ella su botín. Después de lo cual, la alforja recobró su tamaño.
El héroe no tuvo tiempo de saborear su victoria: un ruido insólito lo alteró. Vio la sangre que brotaba a grandes chorros del cuerpo decapitado de Medusa. De aquella efervescencia rojiza surgieron dos seres fabulosos. Primero apareció un gigante con una espada dorada en la mano. Como Perseo retrocedía, el otro lo tranquilizó:
-Gracias por haberme hecho nacer, Perseo. ¡Mi nombre es Crisaor!
De la sangre de Medusa se desprendía, poco a poco, otra criatura, aún más extraordinaria: un caballo alado, de una blancura resplandeciente...
-Y eh aquí Pegaso- le dijo Crisaor-. ¡Ah... ten cuidado! ¡Las hermanas de Medusa se han despertado! ¡Están bloqueando el paso! ¡No... sobre todo, no te des vuelta!
Rápidamente, Perseo se colocó el casco de Hades. Se volvió invisible de inmediato. Desconcertadas, las Gorgonas se pusieron a buscar a su adversario. Y Perseo, con los ojos protegidos detrás del escudo de Atenea, pudo entonces escurrirse hasta la salida.

domingo, 24 de febrero de 2008

Dánae y Perseo II

Un murmullo de temor circuló entre los invitados: Medusa era, de las tres gorgonas, la mayor y la más peligrosa. Se ignoraba dónde vivían esas tres hermanas monstruosas, ¡pero se sabía que su cabellera estaba hecha de serpientes venenosas y, sobre todo, que su mirada petrificaba en el instante a todo aquel que se atreviera a mirarlas!
-A propósito-dijo Polidectes-, tú, Perseo, ¿qué regalo nos has hecho?
El muchacho bajo la cabeza refunfuñando: ¿qué habría podido traer a su anfitrión?
-¡Y bien, te tomo la palabra!- decretó Polidectes-. Te ordeno que me traigas la cabeza de Medusa. No regreses al palacio sin ella.
A la noche, Dánae, desesperada, le suplicó que no la dejara. Pero no contó con el orgullo de Perseo, que exclamó:
-No. Polidectes me lanzó un desafío. Y le debo lo que reclama a cambio de su hospitalidad.
Al día siguiente, Perseo erró a lo largo de la costa de Sérifos buscando alguna idea: abandonaría la isla, de acuerdo. ¿Pero a dónde ir?
Fue entonces cuando aterrizó delante de él Hermes, el de pies alados. Ante su estupefacción, el dios de los viajes estalló en una carcajada:
-¡Te veo en problemas, joven audaz! Ignoro dónde se esconden las gorgonas, pero sus otras tres hermanas, las grayas, lo saben. Además, poseen tres objetos sin los cuales no podrás realizar tu misión.
-Y... ¿Cómo hallaré a las tres grayas?- preguntó Perseo.
-Eso no es problema. Sube a mis espaldas, ¡te llevo!
Perseo trepó sobre los hombros de Hermes, que se echó enseguida a volar. El dios voló durante mucho tiempo hacia el poniente antes de detenerse en una región árida y sombría. Le murmuró a Perseo:
-Ten cuidado. ¡Estas viejas brujas no te darán esos datos y esos objetos por propia voluntad! ¡Deberás hacerles trampa!
Al acercarse a las tres hermanas, Perseo hizo un movimiento de rechazo: eran de una fealdad repugnante. Sus bocas no tenían dientes, las órbitas de sus ojos estaban vacías. Parecían agitadas y estar en medio de una gran conversación. Una y otra se pasaban entre sí... ¡un ojo y un diente! Perseo reprimió una exclamación.
-¡Y si!- explicó Hermes-. No tienen más que un ojo y un diente para las tres. ¡Deben, por lo tanto, prestárselos sin parar!
Enseguida, Perseo tubo una idea. Se acercó a las tres grayas; en el momento en el que la primera tendía el ojo y el diente a la segunda, ¡se apoderó de ellos! Las viejas aullaron a ciegas:
-¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡Devuélvenos nuestro ojo y nuestro diente!
-Con dos condiciones: ¡que me indiquen dónde encontraré a sus hermanas Gorgonas y que me den los tres objetos que me permitirán enfrentarlas!
Enloquecidas por tanta audacia, las tres gayas se pelearon y se lamentaron un montón. ¡Pero ni siquiera tenía ya su único ojo para llorar! Por último, una de ellas suspiró:
-Bien. Encontrarás a Esteno, Euríale y Medusa en los confines del mundo, en una caverna, más allá del territorio del gigante Atlante.
-Aquí están las sandalias aladas que te permitirán llegar, una alforja mágica y el casco de Hades.
-¡El casco de Hades! ¿Para qué me servirá?
-Aquel que lo lleva se vuelve invisible. ¡Ahora, devuélvenos nuestro bien!
Perseo les entregó el ojo y el diente. Luego fue a reunirse con Hermes.
-¡Mira!- le dijo alegremente-. ¡Poseo unas sandalias parecidas a las tuyas! ¿Me acompañarás?
-De ninguna manera- contestó Hermes-. Tengo mucho que hacer. De ahora en más, puedes arreglarte solo. Pero cuídate de no mirar nunca a Medusa ni a sus hermanas: ¡te convertirás en piedra! Ah, toma, te confío mi hoz de oro, te será útil.
CONTINUARÁ...

sábado, 16 de febrero de 2008

Dánae y Perseo


El rey de Argos, Acrisio, que tenía una hija única, Dánae, emprendió el largo viaje hacia Delfos para interrogar a la pitonisa. Esta vieja mujer, con la ayuda de los dioses, podía, a veces, leer el futuro. El rey le hizo la única pregunta que le interesaba:
-¿Tendré algún día un hijo varón?
La respuesta de la pitonisa fue terrible e inesperad:
-No, Acrisio, nunca. En cambio, tu nieto te matará... ¡Y te reemplazará en el trono de Argos!
-¡Cómo! ¿Qué dices?
Pero la pitonisa no repetía nunca sus profecías. El rey de Argos estaba consternado. Regresó a su patria repitiendo:
-Dánae... ¡Es necesario que Dánae no tenga hijos!
Ella lo recibió cuando volvió al palacio. Preguntó enseguida:
-¿Y bien, padre? ¿Qué ha dicho el oráculo?
El rey sintió que su corazón daba un vuelco. ¿Cómo evitar la profecía de los dioses sin matar a Dánae?
-Guardias-ordenó- que encierren a mi hija en una prisión sin puertani ventanas. ¡De ahora en más, nadie podrá acercársele!
Dánae no comprendió por qué la llevaban a un amplio calabozo forrado de bronce. El pesado techo que cerraron encima de ella no tenía más que algunas ranuras angostas a través de las cuales, cada día, le bajaban la comidacon una cuerda.
Privada del aire puro, de la luz y de la compañía, Dánae creyó que no tardaría en morir de pena.
Pero en el Oímpo, Zeus se apiadó de la prisionera. Conmovido por su tristeza y también seducido por su belleza, resolvió acudir en su ayuda.
Una noche, a Dánae la despertó una violenta tormenta que tronaba encima de su cabeza. Extrañas gotas de fuego caían sobre ella.
-Parece increíble, pero... ¡Es oro!- Exclamó levantándose.
Enseguida la lluvia luminosa cobró forma. Dánae estuvo a punto de desfallecer al ver que se corporeizaba ante ella un hombre bello como un dios.- ¡No temas, Dánae!-dijo-. Te ofrezco la manera de huír...
Esta promesa era algo inesperado y Dánae sucumbió rápidamente al encanto de Zeus.
Cuando el alba la despertó, Dánae creyó que había soñado. ¡Pero pronto comprendió que estaba embarazada! Y tiempo después, dió a luz a un bebé de una belleza y una fuerza excepcionales.
-Lo llamaré Perseo!-decidió.
Un día, al atravesar las cárceles del palacio, Acrisio creyó oír los gritos de un niño de pecho. Ordenó de que se abrieran las puertas de las prisiones. ¡Grande fue su estupefacción al descubrir a su hija con un magnífico recien nacido en brazos!
-Padre, ¡sálvanos!-suplicó Dánae.
El rey realizó una investigación e interrogó a los guardias. Finalmente debió rendirse a la evidencia: ¡sólo un dios había podido entrar en ese calabozo!
Si eliminaba a su hija y al niño, Acrisio cometería un crimen imperdonable. Entonces, el rey vio un gran baúl de madera en la sala del trono.
-¡Dánae, entra en ese cofre con tu hijo!
Temblando de miedo, la joven obedeció. Acrisio hizo cerrar y sellar la caja. Luego llamó al capitán de su galera personal.
-Carga este cofre en tu navío. ¡Y cuando estes lejos de toda tierra habitada, ordena a tus hombres que lo arrogen al mar!
El capitán partió; después de tres días de navegación, el cofre fue lanzado por la borda.
De nuevo prisionera, Dánae intentaba calmar los gritos del pequeño Perseo. Durante mucho tiempo, el cofre de madera flotó en el mar, a merced de las olas...
Una mañana, mientras acercaba su embarcación a la arena, un pescador sintió intriga por esa enorme caja que la marea había acercado a la playa. Abrió el candado esperando encontrar en ella un tesoro. No podía creer lo que veía cuando en su interior halló inconscientes a una mujer y a un niño.
-Son bellos como dioses... ¡Los desdichados parecen estar al límite de sus fuerzas! ¿Desde hace cuánto tiempo andarán a la deriva?
El pescador, Dictis, era un hombre muy bueno. Condujo a Dánae y a Perseo a su cabaña, y los cuidó lo mejor que puido.
-¿Dónde estamos?-preguntó Dánae cuando se despertó.
-En una de las islas de las Cícladas: Sérifos. La gobierna mi hermano, el tirano Polidectes. Pero no temas, estarás segura en mi casa.
Pasaron los meses y los años. Perseo se volvió un muchacho robusto y valiente. Todos los días acompañaba sa Dictis a pescar. En cuanto a Dánae, se ocupaba de la casa y de la cocina, bendiciendo cada día la bondad de su salvador.
Una mañana, una soberbia comitiva se detuvo ante la cabaña de Dictis. Era el rey polidectes que venía a visitar a su hermano. Al ver a Dánae en la puerta, le impresionó la belleza y la nobleza de esta desconocida. En cuanto apareció Dictis, el rey dijo, intrigado:
-Dime, hermano, ¿Se trata de tu esposa o de una princesa?
-Oh, ni una cosa ni la otra, Polidectes. Es simplemente una náufraga que he rescatado.
-¡Tienes suerte de haber pescado a una perla tan bella! Esta joya es demaciado presiosa para un pobre pescador. Ven, dime tu nombre.
-Dánae, señor, para servirlo- dijo la muchacha haciendo una reverencia.
-¿Servirme? De acuerdo. Bien, te conduzco a mi palacio. ¡Después de todo, lo que llega a las orillas de mi isla es mi propiedad!
Muda de espanto, Dánae se dió vuelta hacia Dictis: no quería cambiar su cabaña por un palacio, ni a su bienhector por un rey.
-Ay- le murmuró Dictis- me temo que debes obedecer.
-¡Ah, señor!- suplicó Dánae-. Tengo un hijo. Al menos, permite que me acompañe y no nos separes.
-¡De acuerdo!- dijo Polidectes-. Ve a buscar a tu hijo.
Pero cuando el rey vió a Perseo, se reprochó su bondad. Ese muchacho semejante a un príncipe podría convertirce en su rival...
En cuanto Dánae llegó al palacio, Polidectes le destinó las más bellas habitaciones. Enamorado de la hija de Acrisio, la cortejaba asiduamente. En cambio, odiaba a Perseo, pero, para congraciarse con Dánae, convocó a los mejores preseptores, quienes les enseñaron al muchacho todas las artes. Dánae no dejaba de agradecer al rey por sus buenas acciones y cada día le costaba más rechazar sus propuestas.
-Mañana- le anunció un día con tristeza a su hijo- Polidectes organiza un gran banquete para anunciar nuestro compromiso.
-¿Cómo?- Preguntó Perseo con violencia-. ¿Te vas a casar con el rey?
-Ya no puedo oponerme por mucho más tiempo. Te lo suplico, Perseo, intenta comporatarte correctamente durante la ceremonia.
La fiesta fue suntuosa: Polidectes había hecho preparar las comidas más exquisitas. Cada invitado había traído un regalo al amo de los dominios, tal como lo exigía la costumbre.
-Y bien, Perseo-preguntó de golpe Polidectes- ¿qué piensas de todos estos regalos?¿Te parecen dignos de nosotros?
-Señor- respondió Perseo con una mueca de despecho- sólo veo allí cosas muy ordinarias: copas de oro, caballos, arneses.
-¡Pretencioso! ¿Qué cosa tan original, pues, querías que me trajeran?
-No sé... ¡la cabeza de Medusa, por ejemplo!
CONTINUARÁ...

miércoles, 6 de febrero de 2008

¿Cómo eran los dioses?

Los dioses griegos tenían forma humana (a esta característica se la llama "antropomorfismo" (anthropos, "hombre", y morphos, "forma") . Su apariencia era semejante a la de los hombres, pero estaban constituidos por una sustancia más noble, porque no comían pan ni tomaban vino, y por sus venas no corría sangre, sino un fluido eterno. Tenían su morada en el monte Olimpo, excepto Hades y Perséfone, su esposa, que habitaban bajo tierra, en el Reino de los Muertos, y las divinidades relacionadas con el agua, que se distribuía en fuentes, ríos y mares.
Se les atribuía la perfección de la belleza y la inmortalidad. La inmortalidad de los dioses estaba asociada a la eterna juventud porque, para los griegos, la vejez sólo era fuente de calamidades y un estado despreciable para el hombre. A tal punto apreciaban la juventud y la belleza que para las estatuas de los dioses tomaban como modelo a los atletas, y aun los ancianos eran representados en la plenitud de la fuerza, esbeltos y hermosos.
La historia de Tetis y peleo, los padres del heróe Aquiles, ilustra esta "divinización" de la belleza y la juventud. La diosa Tetis se enamoró del joven Peleo, un humano, y solicitó a Zeus que le otorgara el don de la inmortalidad, más olvidó pedir para él la juventud eterna. Peleo no murió, pero se volvió viejo y Tetis se separo de él.
No parecen estos valores muy alejados de los actuales, si pensamos en tantos actores y modelos cuya única aspiración es lograr la belleza perfecta y la eterna juventud. La mayor diferencia radica, quizás, en que los griegos honrraban a sus dioses, pero no trataban de parecerse a ellos. Bien sabían que el hombre está hecho de una materia muy diferente de la de los seres inmortales y que tratar de imitarlos puede ser fuente de desdicha, como lo demuestra el caso de Peleo.